Paro y precariedad

Sevilla puja cada vez más por se capital mundial del paro. Al desempleo se le suma la temporalidad y la precariedad laboral que son la nota dominante en la ciudad.

Jueves 19
11:30 h. Acción contra el paro: “¡Queremos curro!”
> Avda. Constitución, frente a la Catedral.
19:00 h. Charla-debate: “¿Cómo nos enfrentamos a la precariedad?”
Una respuesta sindical, social y ecológica. Con:
Manuel Garí, Director del área de Medio Ambiente del Instituto ISTAS-CCOO.
Mari García Bueno, del Comité Nacional del SAT.
Lisardo Baena, sindicalista de Telefónica de CGT.
Pibe, Telemárketing CGT.
Nicolás Sguiglia, activista sindicalismo social.
> Facultad de Geografía e Historia, c/ San Fernando. Sala Diego Angulo.

Las políticas neoliberales

Debido a la crisis de rentabilidad que el sistema capitalista está gestionando desde comienzos de los ’70, se puso en marcha por parte de las élites del poder económico mundial una serie de políticas de contrarreformas destinadas a terminar con su estado del bienestar y con los derechos conseguidos por el movimiento obrero en el período de crecimiento post 2ª Guerra Mundial con el objetivo de apropiarse de mayor parte de la riqueza creada. Tres fueron las políticas claves:

1º Desregulación y flexibilización del mercado laboral, que desmonta los derechos laborales conseguidos: reforma de las pensiones, diversificación de los contratos laborales, seguridad social…

2º Aumento de la sobreexplotación a través de una nueva organización laboral: reducción del salario y aumento de la jornada laboral no de manera legal,

3º privatización de los servicios públicos.

La lógica de la concertación y la paz social con el Estado

No es casualidad en que en el momento en que la clase obrera sufría los embates de las contrarreformas neoliberales, las burocracias sindicales se hayen en un estado de interpenetración mayor con el Estado capitalista poniendo verdaderos límites a la movilización social. Al repasar las sucesivas reformas laborales de estas tres décadas en el Estado Español, nos encontramos con una línea inequívoca de desregulación de las relaciones laborales seguidas por patronales y gobiernos. Los sindicatos han firmado gran parte de estos retrocesos bajo la lógica del pacto social con el Estado, condicionados por su renuncia a la combatividad para dar estabilidad al régimen de la monarquía constitucional y su adhesión sin condiciones a la Unión Europea. Se han movilizado ante ciertas contrarreformas, pero por parte de los sindicatos no ha existido una decidida voluntad de recuperar el terreno perdido y de imponer una verdadera reforma laboral progresiva que restituya principio de empleo fijo para trabajo fijo y limite drásticamente la capacidad de despido de los empresarios, tal como se ha visto en los últimos acuerdos pactados.

Con la crisis económica esta situación se ha agravado porque la petición o necesidad de retrocesos por parte de la élites económicas son cada vez mayores y la capacidad de respuesta social es cada vez menor, como ha demostrado la ampliación de la jubilación. El centro de la estrategia de las grandes centrales sindicales frente a los recortes ha sido la concertación, renunciando así a la organización del conflicto social. El resultado de esto son regresiones importantes en derechos laborales, aumento de la sobre explotación, que influye en mayor medida en sectores mas frágiles de la clase, creando una situación de mayor precariedad en las condiciones de vida de las clases populares.

Una nueva organización del trabajo

Las diversas políticas neoliberales de desregulación del mercado de trabajo fueron acompañadas de una serie de reformas en la división social del trabajo para reorganizar el mundo laboral y desactivar condiciones creadas por el sistema del taylorismo de fábricas en cadena que alimentaban la rebelión obrera: muchos obrer@s con los mismos intereses en una misma fábrica. A partir de ahí se impone una nueva serie de transformaciones en el mercado laboral que ha llevado a una precarización evidente de las condiciones de vida de millones de trabajadores:

– Aumento de la contratación indirecta, subcontratación.

– Aumento de la sobreexplotación laboral consecuencia de ajustar los estrechos beneficios de las empresas subcontratadas.

– Aumento de la figura laboral del autónomo, como forma de librarse de las cotizaciones a la seguridad social.

– Evolución espectacular de sectores productivos inmediatos sin futuro de permanencia como la construcción o el sector servicios.

– Existe una terciarización de la economía y una industrilización del sector servicios.

– Aumento de la presencia de la mujer en el mundo laboral consiguiendo por la presión de poca oferta y mucha demanda y utilizando el chantaje de los embarazos y despidos una sobreexplotación mayor sobre este sector y el de los jóvenes.

– Aumento de la presión sobre los trabajadores ante el disparo de las hipotecas e inmovilizándolos debido a la obligatoriedad del pago

– Incremento de los trabajadores extranjeros sin derechos, sin capacidad de movilización ninguna, en algunos sectores, trayendo como consecuencia la degradación las condiciones laborales, tirando los sueldos y aumentar la presión sobre los trabajadores nativos de aceptar peores condiciones al competir por los mismos puestos de trabajo.

Los sindicatos y los movimientos sociales ante la nueva organización del trabajo

Mientras que el mundo del trabajo se diversifica, se descentraliza incluso, las formas de organización sindical se uniforman y centralizan. Es decir, que los sindicatos, lejos de tomar en cuenta la diversidad del mundo del trabajo y tratar de reflejarla organizativamente para mejor gestionarla, lo que han tratado es contenerla y ordenarla conforme a sus propias necesidades organizativas.

Hemos de reflexionar en la composición cada vez más fragmentada de los trabajadores y las clases populares. Los sindicatos organizan a la vieja sociedad industrial en decadencia, pero no a la nueva sociedad industrial postfordista y mucho menos a la nueva sociedad de servicios y del conocimiento. Entre sus miembros, hay muchos hombres mayores, pocas mujeres, pocos jóvenes, y más sectores fijos que desregulados. Los débiles y los fuertes del actual mundo del trabajo –los extranjeros, los poco calificados, los precarios, y en el otro extremo, los trabajadores intelectuales muy calificados— no están organizados. Los unos, manifiestamente, no esperan nada de los sindicatos; los otros, no precisan de ellos. Para poner peor las cosas: eso se sabe en los sindicatos desde hace por los menos 20 años, es un hecho indiscutible y sobre el que se ha reflexionado mucho, y sin embargo, poco se ha hecho.

En el clásico modelo sindical no sólo fallan sus estructuras organizativas no adaptadas a los tiempos actuales, sino también su ideología sindical que le impide adaptarse: la corta visión sindical sobre el ecologismo hace que se apueste por un modelo productivista en constante crecimiento porque da puesto de trabajo inmediatos, pero incapaz de resolver el paro resultante del colapso de sectores productivos en decadencia por la falta de materias primas o por el pleno stock de mercancía. La crisis ecológica influye de manera determinante sobre la economía y la misma producción está en transformación. Podemos pedir el mantenimiento de los puestos de trabajo en las fábricas de coches, pero ya no se necesitan más coches y la crisis energética se agudiza. Hemos de insertar elementos ecologistas para comprender las nuevas realidades y decrecer en su productivismo-consumo.

Así mismo ocurre con su escasa visión “feminista”. El sindicalismo tradicional es de hombres, machista, incapaz de asumir la lucha de la liberación de las mujeres en su seno cuando es indisoluble. La sociedad patriarcal ha concedido a las mujeres el papel de cuidadoras de la familia. Sin este “trabajo” de cuidados el sistema se colpasaría: se calcula que el porcentaje real de estos cuidados en el PIB mundial es más de la mitad del mismo. Debido a esta situación, el capitalismo asume esta “función especial” contratando a las mujeres en sectores más deregulados y con un mayor grado de explotación: menos dinero en el mismo puesto de trabajo, menos horas porque tiene que cuidar y su sueldo es complementario, contratación temporal… De esta manera, la mujer asume una doble explotación social, laboral y como mujer, y esta situación favorece que se bajen los sueldos de tod@s l@s trabajdor@s por la competencia. Otro tanto ocurre con los inmigrantes, a menos condiciones legales, menos salario, más desprotección y hace que los empresarios prefieran a los inmigrantes sin derechos que a los “legales” autóctonos con derechos. Con la crisis y ante mayores carencias, en el campo andaluz esta situación ha sido explosiva: la mayoría de producciones han recurrido a inmigrantes en vez de jornaler@s de la tierra.

Por ello, es necesario y prioritario reflexionar acerca del cambio de modelo si queremos reconstruir-retomar un sindicalismo de base, combativo y que frene esta peligrosa decadencia y regresión de las condiciones de vida de los trabajador@s y de las clases populares.


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